La comunidad Instituto:
una vida en comunión, en la diáspora
Las Misioneras saben que son convocadas por Cristo, en la Iglesia, y se reconocen en el único carisma que cada una ha recibido como don. El Instituto, por lo tanto, expresa y garantiza la llamada a vivir con estilo personal según un carisma comunitario. El vínculo que se establece entre la Misionera y el Instituto es pleno y recíproco, en el sentido que el Instituto asume la responsabilidad de ayudarnos a realizar nuestra vocación según la línea y el espíritu de la Constitución, y nosotras nos comprometemos a participar corresponsablemente a la vida y a la formación del Instituto entero.

Aún encontrándose, de hecho, en diáspora, las misioneras viven relaciones de fraternidad auténtica y profunda, en una forma particular de comunión. La comunión fraterna nos hace reconocer como familia; ella es un punto de fuerza y de sostén en las dificultades de la vida y nos compromete, en primer lugar en nuestros grupos, a vivir concretamente el mandamiento nuevo (Cf. Jn. 15, 12) para ser operadores de paz y de comunión.

El Instituto desarrolla también una tarea de ayuda y de verificación para que nuestra vida se articule, hasta el final, en fidelidad a la Constitución asumida para siempre. Para realizar su tarea formativa, el Instituto pone al lado de cada persona una responsable personal que nos acompaña en la búsqueda y colabora con nosotras en la autoformación de una recta conciencia y en el crecimiento hacia la libertad. También a través de los grupos locales, el Instituto nos ofrece los medios aptos para que cada una crezca en el don de sí misma a Dios, en la vida interior y en el servicio apostólico a los hermanos, en particular en la "misión", en el estilo de la secularidad.

El Instituto permanece, para cada una, como el árbol que abre sus ramas en todas las direcciones, casi para indicar la universalidad del don, y que sigue nutriendo con su linfa a quien permanece fuertemente unido.