Consagracion secular
La contemplación de los Misterios de Cristo nos incita a una elección de vida que nos permita compartir hasta el fin, como personas consagradas, las realidades de nuestro ambiente y de nuestro tiempo, las situaciones de sufrimiento, de incomodidad, de marginación, para que podamos descubrir, también en ellas, la presencia y el amor del Padre. La consagración a Dios, permaneciendo por elección en la realidad secular, requiere una llamada por parte de Dios y, por parte nuestra, una respuesta total, generosa y constante. La gracia y la fidelidad de Dios nos sostienen. Es Él quien quiere hacernos más conformes a Cristo, comprometiéndonos a servirlo en plenitud, disponibles a todos.

Los vínculos de la consagración según los Consejos Evangélicos se expresan en la vida de la persona, ayudándola a realizarse en la plenitud del don.

  • El don del celibato consagrado deviene libertad del corazón, para una apertura a un amor universal.
  • La disponibilidad para buscar y para realizar aquello que agrada al Padre, sea en las situaciones de la vida de cada día, sea en las elecciones más importantes, es expresión de obediencia vivida como don.
  • Reconocer y amar a Jesús pobre en los hermanos determina la libertad interior, la solidaridad y el desapego de aquello que somos y tenemos, invitándonos a una pobreza evangélica vivida en forma laical.

Para vivir este ideal que la Constitución nos propone es necesario que la vida entera encuentre equilibrio y armonía en la oración. Por ello tendemos a vivir en intimidad con el Señor: en comunión filial con el Padre, en una relación viva y personal con el Hijo, en una escucha atenta del Espíritu. Nuestra oración brota también de la vida, de los contactos con los hermanos, de los anhelos y esperanzas a los cuales participamos, así como de la tensión - a veces inconsciente - de los hombres hacia Dios.

La Palabra de Dios, la Eucaristía, los Sacramentos, el amor a María Virgen constituyen un alimento indispensable para vivir la consagración en la fidelidad a Dios y a los hombres.

María, Madre de Jesús y Madre nuestra, que ha abrazado la misión del Hijo para la humanidad, nos enseña a vivir la consagración en el mundo y a amar con una entrega total.