La persona que advierte una llamada a la consagración secular en el servicio a los que sufren y desea responder al amor de Dios, debe descubrir los signos de esta espiritualidad específica, de la cual ciertamente el Señor ya ha puesto, en ella, su germen. La respuesta a la llamada de Dios podrá concretizarse, en el camino hacia el Instituto, si la persona reconoce en sí algunos signos esenciales:
- desear compartir con los otros cada realidad o situación, para expresar en el concreto la certeza que nada nos puede separar del amor de Dios y que, en cualquier realidad, trabajo o ambiente, el Evangelio no solo puede ser vivido sino que, además, puede devenir un criterio fundamental para valorizar los aspectos positivos y transformar aquellos negativos;
- desear que la propia vida, más allá del hacer, sea una respuesta de amor al amor gratuito de Dios que transforma el don limitado del hombre en un bien infinito por la humanidad;
- estar disponibles a poner en discusión la propia mentalidad para adquirir una visión de la vida siempre más adherente al Evangelio;
- desear ponerse con una actitud de servicio y de esperanza al lado de cualquier persona en dificultad, para aliviarle el sufrimiento y, donde no sea posible, compartirlo y valorizarlo a la luz del sufrimiento de Cristo.
Para esta toma de conciencia es esencial:
- pedir al Espíritu que done claridad y perseverancia;
- dialogar con una persona que, conociendo nuestras aspiraciones y los diversos carismas en la Iglesia, pueda ayudarnos en el discernimiento.
La consagración en el mundo requiere una verdadera vocación para poder vivir, en plenitud y alegría, al servicio de Dios y de los hermanos en la realidad concreta de todos los días.
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